jueves, 17 de septiembre de 2026

NO SOMOS UN NUMERO

Uno de los mejores ejemplos de, hacer convenios y perseverar, lo encontré en la novela de Víctor Hugo, Los miserables. Esta obra literaria es ambientada en Francia a inicios del siglo XIX, la situación económica y social en ese entonces estaban en su peor momento. Jean Valjean, era una persona dedicada a su familia y de caracter noble. Vivían sumidos en la extrema pobreza por la falta de empleo. Al escasear los alimentos, se ve forzado a robar pan para dar de comer a sus sobrinos. Y es que Jean Valjean estaba a cargo de su hermana y los pequeños. Fue la primera vez que delinquía. Esa novatada le costó caro. Fue retenido por la policía y recluido en una de las peores cárceles de Europa. El presidio de Toulón.

Hay personas que pueden acostumbrarse fácilmente a ciertos lugares y situaciones, pero Jean Valjean no era de esos. Aquel personaje de espíritu sensible sufría en extremo esa nueva vida en aquel “infierno en la tierra”. Trató de huir varias veces y en todas fue capturado, eso aumentó su condena. Al final estuvo diecinueve años internado en ese mundo… casi veinte años por robar pan.

Fue liberado con un pasaporte amarillo, en ese tiempo el que poseía un pasaporte amarillo era marginado por la sociedad. Situación sumamente desesperante, no le daban hospedaje a pesar que podia pagarlo, menos le daban trabajo. ese pasaporte era una marca que lo condenaba al rechazo de todo mundo. Además, Jean Valjean entre muchas cosas, tambien había perdido literalmente el nombre. Al entrar al presidio fue reconocido por un número, las cifras 2-4-6-0.

Permítanme hacer un paralelismo en esta historia. A veces en nuestras vidas, por muchas razones, perdemos el rumbo. Quizá al igual que Jean Valjean somos víctimas de nuestras decisiones. O tal vez por cuestiones inexplicables que no buscamos, terminamos viviendo una vida desafiante, totalmente diferente a como lo habíamos planeado.

 Después de su paso por Toulón, aquel joven inocente había sufrido una transformación, una degradación, Víctor Hugo lo describe a continuación:

… Jean Valjean estaba indignado y, además, la sociedad humana solo le había causado daño. Nunca le había visto más que ese rostro enojado al que llama su justicia y que les muestra a los que ésta castiga. Los hombres no lo habían tocado sino para magullarlo. Cualquier contacto con ellos había sido un golpe. Nunca, desde la infancia, desde su madre, desde su hermana, nunca se había encontrado con una palabra amiga y una mirada benévola. De sufrimiento en sufrimiento llegó poco a poco a la convicción de que la vida era una guerra y que en esa guerra el vencido era él. No tenía más arma que su odio. Decidió afilarlo en presidio y llevárselo consigo cuando se fuera. (Los miserables, volumen 1 página 109)

Al igual que Jean Valjean, alguna vez nos encontramos como perdidos, solos o con resentimiento a la vida. Entonces, la providencia que nunca nos deja solos, nos presenta otra oportunidad, una salida, unos ángeles con placa llamados misioneros.

Así es, por fortuna nuestra, conocimos a los elderes o a las hermanas, los escuchamos, aprendimos que no estamos solos, que Jesucristo nos ama con un amor inmenso. Que no importa lo que hiciéramos, ese amor no cambiaría, que podríamos obtener descanso en él.

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. (Mateo 11:28)

El ángel de Jean Valjean resultó ser un sacerdote de nombre Myriel. Un hombre dedicado a Dios, alguien que vio en aquel ex presidiario, un alma noble. Ese ministro de Dios, no lo rechazó, lo invitó a entrar en su morada, hizo traer la vajilla de plata para aquel visitante y compartió una cena deliciosa. Aquel sacerdote lo trató como un hijo de Dios.

Aquel individuo deshumanizado por la carcel, este ser identificado con el número 2-4-6-0-1, al final de la cena, ideó un plan para robar aquella vajilla de plata. Muy de madrugada consumó el delito y escapó con la platería. No llegó muy lejos y fue capturado por la policía. Llevaron al ladrón a la casa del obispo y este, lejos de acusarlo, obró tal y como Jesucristo lo hace diariamente con nosotros. El sacerdote perdona al ladrón y le dice a la policía que él, en efecto, había regalado la vajilla al muchacho. Los policías estaban confundidos, pero Jean Valjean lucía paralizado. Víctor Hugo relata esa escena como sigue:

…Jean Valjean estaba como un hombre que fuera a desmayarse. El obispo se le acercó y le dijo en voz baja: Que no se le olvide, que no se le olvide nunca, que ha prometido utilizar ese dinero en convertirse en un hombre honrado. Jean Valjean, hermano mío, ya no pertenece al mal, sino al bien. Le compro el alma, se la quito a las ideas negras y al espíritu de perdición y se la doy a Dios. (Los miserables, volumen 1 página 129)



Ahora recordemos el momento en el que entendimos del amor de Cristo, de que, a pesar de todo nuestro pasado, somos bendecidos y que no estamos solos. Es ahí que decidimos bautizarnos, hicimos un convenio con Dios. Que Dios perdonaría nuestros pecados. Que volveríamos a nacer y a recobrar nuestro nombre, aquel nombre por el que Cristo nos llama, que somos hijos del más alto Dios.

…Por tanto, haced las cosas que os he dicho que he visto que hará vuestro Señor y Redentor; porque por esta razón se me han mostrado, para que sepáis cuál es la puerta por la que debéis entrar. Porque la puerta por la cual debéis entrar es el arrepentimiento y el bautismo en el agua; y entonces viene una remisión de vuestros pecados por fuego y por el Espíritu Santo. (2Nefi 31:17)

En mi caso, yo hice ese convenio a los diez años y usualmente olvido los detalles de mi bautismo. Afortunadamente, guardo muchos recuerdos que certifican mi convenio. Momentos espirituales, mi tiempo en la misión, los milagros en muchos pasajes de mi vida, etc. Cuando paso por momentos desafiantes, mi técnica es regresar mentalmente en el tiempo a esos momentos especiales. Ahí encuentro paz y fuerzas para seguir.

La conversión del expresidiario 2-4-6-0-1, también fue especial, la novela lo relata de esta manera:

…Jean Valjean estuvo llorando mucho rato. lloró a lágrima viva. Sollozó, más débil que una mujer, más asustado que un niño. Mientras lloraba, cada vez era mayor el albor en la mente. Un albor extraordinario, un albor arrebatador y terrible a la vez: su vida pasada, su primera falta, su larga expiación, su endurecimiento externo, su liberación, que se alegró con tantos planes de venganza, lo sucedido en la casa del obispo, […]. Todo le recordó y todo se le apareció con claridad, pero con una claridad que nunca había visto hasta entonces. Miró su vida y le pareció horrible, se miró el alma y le pareció espantosa. No obstante, caía sobre aquella vida y sobre aquella alma una claridad suave. […]. ¿Cuántas horas pasó llorando así? ¿Qué hizo tras aquel llanto? ¿Dónde fue? No se ha sabido nunca. Sólo parece probado que esa misma noche, un trajinante que cubría a la sazón el servicio de sereno […] a eso de las dos de la madrugada vio al cruzar la calle del obispado a un hombre en actitud de orar, de rodillas en los adoquines, delante de la puerta de Monseñor Miryel. (Los miserables, volumen 1 pagina 137)



Ese, a mi criterio, fue el momento de la conversión de Jean Valjean, y la vajilla de plata y los candelabros del mismo material, aquellos que le regaló el sacerdote, representaron el convenio. Aquel convenio que siempre guardó, aquel pacto que se esforzó por cumplir hasta el ultimo día de su vida.

…Y todos clamaron a una voz, diciendo: Sí, creemos todas las palabras que nos has hablado; y, además, sabemos de su certeza y verdad por el Espíritu del Señor Omnipotente, el cual ha efectuado un potente cambio en nosotros, o sea, en nuestros corazones, por lo que ya no tenemos más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente. (Mosiah 5:2)

Sin embargo, no somos perfectos, vamos a caer y a fallar. Sigamos el consejo de las escrituras, levantémonos, o como dice Pablo a los romanos:

…Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza. (Romanos 5: 3-4)

Para concluir:

Jean Valjean se convirtió y perseveró hasta el fin, en su antigua vida era reconocido por un número; pero el sacerdote lo conocía como un hijo de Dios. Al cumplir y perseverar en sus convenios, cambio su vida y la de mucha gente. Nosotros tampoco somos un número, somos hijos de Dios y él nos conoce a cada uno por nuestro nombre. No basta con hacer convenios; debemos perseverar en ellos. Y cuando caemos, no significa que el convenio haya fracasado: significa que debemos levantarnos y continuar; de esta forma podremos gozar de las bendiciones prometidas; de la vida eterna.

NO SOMOS UN NUMERO

Uno de los mejores ejemplos de, hacer convenios y perseverar, lo encontré en la novela de Víctor Hugo, Los miserables. Esta obra literaria e...