Uno de los mejores ejemplos de, hacer convenios y
perseverar, lo encontré en la novela de Víctor Hugo, Los miserables. Esta obra literaria es ambientada en Francia a inicios del siglo XIX, la situación económica y social en ese entonces estaban en su
peor momento. Jean Valjean, era una persona dedicada a su
familia y de caracter noble. Vivían sumidos en la extrema pobreza por la falta de empleo. Al escasear los alimentos, se ve forzado a
robar pan para dar de comer a sus sobrinos. Y es que Jean Valjean estaba a
cargo de su hermana y los pequeños. Fue la primera vez que delinquía. Esa
novatada le costó caro. Fue retenido por la policía y recluido en una de las
peores cárceles de Europa. El presidio de Toulón.
Hay personas que pueden acostumbrarse fácilmente a
ciertos lugares y situaciones, pero Jean Valjean no era de esos. Aquel
personaje de espíritu sensible sufría en extremo esa nueva vida en aquel “infierno
en la tierra”. Trató de huir varias veces y en todas fue capturado, eso aumentó
su condena. Al final estuvo diecinueve años internado en ese mundo… casi veinte
años por robar pan.
Fue liberado con un pasaporte amarillo, en ese tiempo
el que poseía un pasaporte amarillo era marginado por la sociedad. Situación sumamente desesperante, no le daban hospedaje a pesar que podia pagarlo, menos le daban trabajo. ese pasaporte era una marca que lo condenaba al rechazo de todo mundo. Además, Jean Valjean entre muchas cosas, tambien había perdido literalmente el nombre. Al entrar al
presidio fue reconocido por un número, las cifras 2-4-6-0.
Permítanme hacer un paralelismo en esta historia. A veces en nuestras vidas, por muchas razones, perdemos el rumbo. Quizá al igual que Jean Valjean somos víctimas de nuestras decisiones. O tal vez por cuestiones inexplicables que no buscamos, terminamos viviendo una vida desafiante, totalmente diferente a como lo habíamos planeado.
Después de su
paso por Toulón, aquel joven inocente había sufrido una transformación, una
degradación, Víctor Hugo lo describe a continuación:
… Jean Valjean estaba indignado y, además, la sociedad
humana solo le había causado daño. Nunca le había visto más que ese rostro
enojado al que llama su justicia y que les muestra a los que ésta castiga. Los
hombres no lo habían tocado sino para magullarlo. Cualquier contacto con ellos
había sido un golpe. Nunca, desde la infancia, desde su madre, desde su
hermana, nunca se había encontrado con una palabra amiga y una mirada benévola.
De sufrimiento en sufrimiento llegó poco a poco a la convicción de que la vida
era una guerra y que en esa guerra el vencido era él. No tenía más arma que su
odio. Decidió afilarlo en presidio y llevárselo consigo cuando se fuera. (Los miserables, volumen 1 página 109)
Al igual que Jean Valjean, alguna vez nos encontramos
como perdidos, solos o con resentimiento a la vida. Entonces, la providencia que nunca nos deja
solos, nos presenta otra oportunidad, una salida, unos ángeles con placa llamados misioneros.
Así es, por fortuna nuestra, conocimos a los elderes o a las hermanas, los escuchamos, aprendimos que no estamos solos, que
Jesucristo nos ama con un amor inmenso. Que no importa lo que hiciéramos, ese
amor no cambiaría, que podríamos obtener descanso en él.
Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados,
y yo os haré descansar.
(Mateo 11:28)
El ángel de Jean Valjean resultó ser un sacerdote de nombre Myriel. Un
hombre dedicado a Dios, alguien que vio en aquel ex presidiario, un alma noble.
Ese ministro de Dios, no lo rechazó, lo invitó a entrar en su morada, hizo traer la vajilla de plata para aquel visitante y compartió una cena deliciosa. Aquel
sacerdote lo trató como un hijo de Dios.
Aquel individuo deshumanizado por la carcel, este ser identificado con el número 2-4-6-0-1, al final de la cena, ideó un plan para robar aquella vajilla de plata. Muy de madrugada consumó el delito y
escapó con la platería. No llegó muy lejos y fue capturado por la policía.
Llevaron al ladrón a la casa del obispo y este, lejos de acusarlo, obró tal y
como Jesucristo lo hace diariamente con nosotros. El sacerdote perdona al
ladrón y le dice a la policía que él, en efecto, había regalado la vajilla al
muchacho. Los policías estaban confundidos, pero Jean Valjean lucía paralizado.
Víctor Hugo relata esa escena como sigue:
…Jean Valjean estaba como un hombre que fuera a
desmayarse. El obispo se le acercó y le dijo en voz baja: Que no se le olvide,
que no se le olvide nunca, que ha prometido utilizar ese dinero en convertirse
en un hombre honrado. Jean Valjean, hermano mío, ya no pertenece al mal, sino
al bien. Le compro el alma, se la quito a las ideas negras y al espíritu de
perdición y se la doy a Dios. (Los miserables, volumen 1 página 129)
Ahora recordemos el momento en el que entendimos del
amor de Cristo, de que, a pesar de todo nuestro pasado, somos bendecidos y que no estamos
solos. Es ahí que decidimos bautizarnos, hicimos un convenio con Dios. Que Dios
perdonaría nuestros pecados. Que volveríamos a nacer y a recobrar nuestro
nombre, aquel nombre por el que Cristo nos llama, que somos hijos del más alto
Dios.
…Por tanto, haced las cosas que os he dicho que he
visto que hará vuestro Señor y Redentor; porque por esta razón se me han
mostrado, para que sepáis cuál es la puerta por la que debéis entrar. Porque la
puerta por la cual debéis entrar es el arrepentimiento y el bautismo en el
agua; y entonces viene una remisión de vuestros pecados por fuego y por el
Espíritu Santo. (2Nefi
31:17)
En mi caso, yo hice ese convenio a los diez años y
usualmente olvido los detalles de mi bautismo. Afortunadamente, guardo muchos
recuerdos que certifican mi convenio. Momentos espirituales, mi tiempo en la
misión, los milagros en muchos pasajes de mi vida, etc. Cuando paso por
momentos desafiantes, mi técnica es regresar mentalmente en el tiempo a esos
momentos especiales. Ahí encuentro paz y fuerzas para seguir.
La conversión del expresidiario 2-4-6-0-1, también fue
especial, la novela lo relata de esta manera:
…Jean Valjean estuvo llorando mucho rato. lloró a
lágrima viva. Sollozó, más débil que una mujer, más asustado que un niño.
Mientras lloraba, cada vez era mayor el albor en la mente. Un albor
extraordinario, un albor arrebatador y terrible a la vez: su vida pasada, su
primera falta, su larga expiación, su endurecimiento externo, su liberación,
que se alegró con tantos planes de venganza, lo sucedido en la casa del obispo,
[…]. Todo le recordó y todo se le apareció con claridad, pero con una claridad
que nunca había visto hasta entonces. Miró su vida y le pareció horrible, se
miró el alma y le pareció espantosa. No obstante, caía sobre aquella vida y
sobre aquella alma una claridad suave. […]. ¿Cuántas horas pasó llorando así?
¿Qué hizo tras aquel llanto? ¿Dónde fue? No se ha sabido nunca. Sólo parece
probado que esa misma noche, un trajinante que cubría a la sazón el servicio de
sereno […] a eso de las dos de la madrugada vio al cruzar la calle del obispado
a un hombre en actitud de orar, de rodillas en los adoquines, delante de la
puerta de Monseñor Miryel. (Los miserables, volumen 1 pagina 137)
Ese, a mi criterio, fue el momento de la conversión de
Jean Valjean, y la vajilla de plata y los candelabros del mismo material,
aquellos que le regaló el sacerdote, representaron el convenio. Aquel convenio
que siempre guardó, aquel pacto que se esforzó por cumplir hasta el ultimo día
de su vida.
…Y todos clamaron a una voz, diciendo: Sí, creemos
todas las palabras que nos has hablado; y, además, sabemos de su certeza y
verdad por el Espíritu del Señor Omnipotente, el cual ha efectuado un
potente cambio en nosotros, o sea, en nuestros corazones, por lo que ya no
tenemos más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente. (Mosiah 5:2)
Sin embargo, no somos perfectos, vamos a caer y a
fallar. Sigamos el consejo de las escrituras, levantémonos, o como dice Pablo a
los romanos:
…Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en
las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y
la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza. (Romanos 5: 3-4)
Para concluir:
Jean Valjean se convirtió y perseveró hasta el fin, en
su antigua vida era reconocido por un número; pero el sacerdote lo conocía como un hijo de Dios. Al cumplir y perseverar en sus convenios, cambio su vida y la
de mucha gente. Nosotros tampoco somos un número, somos hijos de Dios y él nos
conoce a cada uno por nuestro nombre. No basta con hacer convenios; debemos
perseverar en ellos. Y cuando caemos, no significa que el convenio haya
fracasado: significa que debemos levantarnos y continuar; de esta forma
podremos gozar de las bendiciones prometidas; de la vida eterna.


