Este cuento tiene como autor al escritor argentino Jorge Luis Borges y tiene como titulo: LA ESCRITURA DEL DIOS. Borges nos remonta a la civilización Maya, en ese contexto nos presenta a un sacerdote importante, su nombre Tzinacán.
Para las culturas precolombinas, un sacerdote era la conexión entre el mundo espiritual y el terrenal, estos personajes conocían a las deidades y el significado de cada una de ellas, estos sacerdotes eran los guías espirituales del pueblo. En la cultura Inca al igual que la Maya, y como parte de la cosmovisión inca, existían varias deidades, así tenemos: el sol, la luna, la serpiente, el puma, el jaguar, etc. De hecho, la ciudad del Cusco en tiempos del imperio Inca, estaba representado por una forma de puma. Probablemente es por eso que este cuento llamó mucho mi atención.
Volviendo al relato de Borges y Tzinacán. Los
españoles habían llegado a América, y sedientos de oro y plata, obligaron a sus
lideres a que les digan donde estaban ocultos aquellos tesoros. Para civilizaciones
como la Maya e Inca, el oro representaba un valor religioso más que comercial.
Es así que dedujeron que los sacerdotes deberían saber donde estaban ocultos
aquellos tesoros.
…La víspera del incendio de la Pirámide, los hombres
que bajaron de altos caballos me castigaron con metales ardientes para que
revelara el lugar de un tesoro escondido. Abatieron, delante de mis ojos, el
ídolo del dios, pero éste no me abandonó y me mantuve silencioso entre los
tormentos. Me laceraron, me rompieron, me deformaron y luego desperté en esta
cárcel, que ya no dejaré en mi vida mortal.
Tzinacán fue puesto en una prisión, pero también tenía
como vecino de celda a un Jaguar. ¿Por qué los españoles encerrarían al
sacerdote junto con un jaguar? Quizá podamos responder esta pregunta más
adelante, por ahora sigamos analizando a este sacerdote que estaba soportando
estoicamente las torturas, sabiendo que quizá no saldría de esa prisión.
Cualquiera que se encuentre en una situación parecida podría sucumbir y desear
morir, pero aquel sacerdote hizo lo que muy pocos hacen.
…Urgido por la fatalidad de hacer algo, de poblar de
algún modo el tiempo, quise recordar, en mi sombra, todo lo que sabía. Noches
enteras malgasté en recordar el orden y el número de unas serpientes de piedra
o la forma de un árbol medicinal. Así fui debelando los años, así fui entrando
en posesión de lo que ya era mío.
Tzinacán ocupo su mente, se puso a trabajar en sus
recuerdos, en todo lo que había aprendido de sus deidades y en lo que había enseñado
a su pueblo. Ahora era ocasión propicia para ejercer la fe en lo que creía, sus
dioses, sus plantas medicinales, etc. No todo estaba perdido, él estaba tomando
control de sus emociones y lo que ahora era su vida.
Al principio del relato hice mención que Tzinacán
había sido encarcelado y en la celda contigua había un Jaguar. Esta quizá es
una representación de lo que los españoles quisieron hacer con las deidades de
las civilizaciones de esta parte del mundo. Trajeron la religión y trataron de
desaparecer las creencias locales. Encerrar al jaguar podria tener ese fin. Pero es
justamente eso lo que fortaleció a Tzinacán. Al tener cerca a una deidad que él
consideraba fundamental en su vida espiritual, se dedicó a estudiar a aquel
felino de una forma muy particular.
…Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé la
primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel
viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en
cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa
red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a
los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un jaguar; en su
vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor.
Dediqué largos años a aprender el orden y la
configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de
luz, y así pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje
amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas trasversales en la cara
interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo
sonido o una misma palabra. Muchas tenían bordes rojos.
Cuenta el relato que el sacerdote se puso a estudiar
las manchas del jaguar, y que, de esta manera, en algún momento conocería la
escritura de dios. Pasaron muchos años de estudio, su único fin era que al
recibir ese conocimiento podría conseguir venganza de todo lo que había pasado.
Finalmente, Tzinacán logra interpretar en las manchas, la escritura de dios.
…Ahí estaban las causas y los efectos y me bastaba ver
esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh dicha de entender, mayor que la de
imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del
universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las montañas que
surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se
volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrocaron las caras. Vi
el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban
una sola felicidad y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la
escritura del tigre.
Es una fórmula de catorce palabras casuales (que
parecen casuales) y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me
bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en
mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a
Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la
pirámide, para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y
yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que nunca
diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán.
El cuento plantea una pregunta fascinante: ¿qué
ocurriría si un ser humano pudiera conocer el lenguaje con el que Dios escribió
el universo?
El protagonista, Tzinacán, después de mucha meditación
cree que existe una frase divina escondida en las manchas de la piel del
jaguar. Durante años intenta descifrarla. Al final, tiene una revelación:
contempla una visión del universo como una rueda infinita donde están
entrelazadas todas las causas y todos los efectos. En ese instante comprende
las catorce palabras de la escritura de Dios. Sin embargo, ocurre lo más
sorprendente: decide no pronunciarlas.
Ese final admite varias lecturas:
* Quien contempla la verdad del universo deja de ver
importancia en sus problemas personales. La libertad física ya no es esencial.
* El verdadero conocimiento no sirve para dominar a
los demás, sino para transformar a quien lo alcanza.
* Hay verdades que no pueden comunicarse. El lenguaje
humano resulta insuficiente para expresar una experiencia absoluta.
Me impresiona una idea del cuento: Tzinacán pasa años buscando una fórmula para escapar de la prisión, pero cuando finalmente la encuentra, ya no necesita escapar. El conocimiento cambia al buscador más que a sus circunstancias.
Lo interesante es que Borges no dice explícitamente
que Tzinacán “vio a Dios”. Habla de una visión de la totalidad y del
descubrimiento de la escritura divina. Esa ambigüedad es muy borgiana: deja
espacio para que el lector decida si fue una experiencia mística auténtica o
una intuición filosófica llevada al extremo. Yo creo que Tzinacán vio a su dios.
Al verlo entendió sus misterios. A consecuencia de eso él entendió lo que muy
pocos entendemos, y se olvidó de él mismo.
Me gusta mucho esta lectura, y creo que está muy bien
sostenida por el propio cuento. Tzinacán comprende que su sufrimiento, su deseo
de venganza contra los conquistadores y hasta su propia libertad son apenas un
hilo dentro de una trama infinita. Hay una frase que resume esa transformación
(parafraseándola):
El hombre que ha visto el universo ya no puede volver
a pensar desde la perspectiva de un solo hombre.
Eso tiene un eco muy profundo en muchas tradiciones
religiosas. En la Biblia, por ejemplo, personajes como Isaías o Job, después de
encontrarse con Dios, ya no permanecen iguales. No es que obtengan respuestas
para cada pregunta; más bien, cambia su manera de verse a sí mismos frente a
Dios. En el Libro de Mormón también hay experiencias similares, donde el
conocimiento de Dios transforma primero el corazón y después la forma de
actuar.
…Espíritu del Señor Omnipotente, el cual ha efectuado un potente cambio en nosotros, o sea, en nuestros corazones, por lo que ya no tenemos más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente. Mosiah 5:2
En mi interpretación, la consecuencia principal no es que Tzinacán obtenga un poder extraordinario, sino que deja de ser esclavo de su propio ego. Y eso explica por qué no pronuncia las catorce palabras. Ya no necesita demostrar nada ni vencer a nadie.
Quizá en mi intención de condensar el cuento, estoy
omitiendo muchos factores importantísimos en el proceso de la transformación del
sacerdote, lo importante es señalar que no fue un cambio sencillo. Borges nos
relata que pasaron muchos años en las que Tzinacán estuvo encerrado, además el
cuento hace mención que la cárcel permanecía oscura la mayor parte del tiempo,
que solo cuando les daban alimentos podía entrar un poco de luz y es ahí donde Tzinacán
aprovechaba para mirar las manchas del jaguar, las memorizaba y las analizaba
en los momentos de oscuridad.
Estos eventos nos pueden dar luces de cómo, al igual
que el sacerdote, todos podríamos recibir conocimiento del universo.
En el nuevo testamento, Apocalipsis 1:6 dice:
…y nos ha hecho reyes y sacerdotes para Dios, su
Padre; a él sean gloria y dominio para siempre jamás. Amén.
En un discurso dado por José Smith ante la Sociedad de
Socorro, el 31 de marzo de 1842, en Nauvoo, José dijo que quería “hacer de esta
Sociedad un reino de sacerdotes.”
La Iglesia explica que José Smith habló de establecer
un “reino de sacerdotes” compuesto por hombres y mujeres que hubieran hecho
convenios con Dios en la Casa del Señor.
“reyes y sacerdotes y reinas y sacerdotisas”
Aquí hay una conexión muy bonita en relación al
sacerdote Tzinacán, por consiguiente, todos podemos alcanzar el conocimiento de
Dios. Recordemos como obtuvo ese conocimiento el sacerdote. Solo contaba con
unos cuantos minutos para ver al jaguar y sus manchas. Cuando los alimentaban,
se abrían las ventanas localizadas en el techo, la luz solar permitía que
pudiera contemplar al jaguar. Tzinacán memorizaba las manchas y las analizaba mentalmente
el resto del día.
Continuando con los paralelismos propios de mi interpretación,
nosotros, sacerdotes y sacerdotisas, estamos en este mundo y de alguna manera
es como una especie de prisión, una cárcel muchas veces limitada por
ocupaciones, responsabilidades, desafíos y problemas de toda índole.
Generalmente todo esto nos obnubila, crea una especie de oscuridad. No podemos
ver más allá de nuestro propio yo. Aquí aparece la deidad representada por el
jaguar y sus manchas. Para nosotros el evangelio de Jesucristo y las
escrituras. No necesitamos estar horas y horas en estudio intenso. Solo bastaría
unos cuantos minutos de estudio, estudio diario, así como Tzinacán. Al final la
promesa esta hecha, los misterios de Dios se nos manifestaran a su debido
tiempo.
Termino con esta reflexión:
No son las cárceles las que definen a una persona,
sino aquello en lo que se convierte mientras permanece en ellas.









