Setiembre es primavera, mes de las de flores y su variedad de colores, hoy el cielo totalmente despejado de un color azul serrano. La ciudad del Cusco está rodeada por cerros que en esta época del año se visten de verde intenso. Salir a trotar en este tiempo es casi una obligación para los que amamos el running. La última vez que salí a trotar fue a mediados de junio, en ese entonces la temperatura era muy baja, sobre todo en las mañanas, me enfermé tanto que tuve que sacar cita con el médico. Ahora es diferente, la temperatura es ideal para salir a trotar así que me preparé con anticipación para empezar el mes saliendo a trotar.
Debía alistar una noche antes todos mis implementos, un
gorro, una bandana que me cubre la boca y la nariz. Puse a cargar el reloj que uso
cuando salgo a trotar, estaba sin baterías, aquel reloj que mandé a traer de
USA, aquel que mide mi velocidad, el ritmo cardiaco, entre otras cosas. Y es que,
para mí, salir a trotar es todo un acontecimiento.
Me desperté temprano, hice ejercicios de calentamiento
unos minutos y salí con rumbo al monumento del cóndor. Mi ruta es bastante
segura y conocida, hay mucha gente que sale a trotar por la berma central de la
avenida de la cultura, en los bordes de la vía peatonal están las áreas verdes
donde están los árboles acompañando todo el trayecto.
El aire fresco y la música escogida especialmente para
estos fines, complementaban este tiempo agradable. Todo parecía igual, aunque había
algo que llamó mi atención. Casi siempre en mis recorridos, por la misma berma
central por donde corría, veía a un muchacho con evidentes síntomas de
trastornos mentales, tendría unos 25 años y mayormente caminaba desnudo.
Algunas veces andaba vestido, pero siempre andaba descalzo. En alguna ocasión lo
vi con el cabello corto, aparentemente había gente que cuidaba de él. En fin,
ese muchacho no parecía peligroso. De hecho, daba la impresión que vivía en su propio
mundo, tenía su mirada perdida cuando caminaba. Ojalá este bien aquel joven
lamanita (así lo llamaba por su desnudez), espero que el frio intenso de junio
no lo haya enfermado. Para ser honesto es la primera vez que me preocupo por él,
total, no es la primera persona de esas características que veo. Hace varios
meses ya vi a un hombre, también desnudo, pero este si era agresivo, caminaba
por en medio de la calle golpeando autos.
Hace un par de años mientras corría, vi a otro hombre de
más o menos sesenta años, él estaba cargando una canasta de panes. Aquel individuo
tenía una deformidad en la espalda y en ambos pies. Básicamente se arrastraba y
los zapatos estaban fuera de los pies, tenía los pasadores amarrados a los
tobillos. Cuando lo vi, quise mostrarme indiferente, pero fue imposible. Me di la
vuelta y me acerqué a él, intenté ponerle correctamente los zapatos, pero la
deformidad de sus pies no me lo permitía. Le ayudé a cruzar la avenida y cargué
la canasta un par de cuadras. Llegamos a un local donde él debía entregar la
canasta con los panes.
Estos tres personajes ahora dan vueltas en mi cabeza.
Hay tanta desigualdad en el mundo, algunos de estos indigentes no se dan cuenta
de sus circunstancias, otros siguen adelante mostrando resiliencia y dándonos ejemplo
de vida. Por lo general no siempre soy aquel buen samaritano que esta buscando
oportunidades de ayudar, podría decir que la mayoría de las veces soy ciego ante
estos hechos, quizá sea porque yo también tengo desafíos y preocupaciones que nublan
mi mente en mi andar por las calles.
Lo que ahora me
hace reflexionar es mi última lectura, Miguel Ángel Asturias y su Obra Señor presidente,
en esta maravillosa obra, el autor nos presenta al “Pelele”. Este personaje es
un indigente con evidentes alteraciones mentales. Así como los ejemplos reales
que yo experimenté las veces que salí a trotar, el Pelele vivía en la calle. La
mayoría de la gente lo ignoraba, adicionalmente otros indigentes como él, hacían
burla y escarnio de su condición.
…Contado por los mendigos, se regó entre la gente del
pueblo que el Pelele se enloquecía al oír hablar de su madre. Calles, plazas,
atrios y mercados recorría el infeliz en su afán de escapar al populacho que,
por aquí, que, por allá, les gritaban a todas horas, como maldición del cielo,
la palabra madre.
Cuantas veces, y es una reflexión intima, no solamente
somos indolentes ante personas que tienen condiciones semejantes, sino que también
colaboramos a que su padecimiento se vea incrementado. Y es que es nuestra
naturaleza egocéntrica que hace que no veamos más allá de nosotros. Una vocecilla
en mi mente pareciera responder a esta reflexión: “Es que yo también tengo problemas,
además algunas veces ayudo”.
La verdad es que en alguna forma y en algunas situaciones,
nosotros también somos el “Pelele” frente a otros. Y es que no somos una moneda
de oro para caer bien a todo el mundo. Entonces, quizá se burlen de nosotros,
puede que nos hieran con comentarios malintencionados. Nosotros, a los ojos de
ellos, desperdiciamos nuestra vida, porque no tenemos un trabajo ni la posición
económica que ellos tienen, porque académicamente no conseguimos logros
representativos. Por todo esto, a sus ojos, nosotros representamos al “idiota”
En la obra de Asturias se menciona un evento
trascendental que pondría al Pelele a actuar agresivamente. El causante fue un policía
de alto rango que pasaba por la calle donde pernoctaban los indigentes, aquel
hombre sabía de las burlas al Pelele y también abusaba de su autoridad.
…El policía se detuvo — la risa le entorchaba la cara
—, acercóse al idiota de un puntapié y, en son de broma, le gritó: — ¡Madre!
No dijo más. Arrancado del suelo por el grito, el Pelele
se le fue encima y, sin darle tiempo a que hiciera uso de sus armas, le enterró
los dedos en los ojos, le hizo pedazos la nariz a dentelladas y le golpeó las
partes con las rodillas hasta dejarlo inerte.
Los mendigos cerraron los ojos horrorizados, la lechuza volvió a pasar y el Pelele escapó por las calles en tinieblas enloquecido bajo la acción de espantoso paroxismo.
Cuenta la novela que el Pelele corrió por las calles,
escapando de los ruidos y los ladridos de los perros. No estaba asustado por el
crimen que había cometido, mas bien escapaba del dolor, de aquellos acosadores.
En su huida, cansado y de hambre, parecía que su fin había llegado. Cayó como
muerto en una esquina donde la gente acopiaba la basura, en aquel basural
esperaba la muerte. Después de algún tiempo un hombre que pasaba por ahí vio el
cuerpo del Pelele, parecía cadáver y al cerciorarse que aun respiraba, quiso
ayudarlo. Otro hombre que también pasaba por ahí, se percató de la escena y se
acercó. Era un hombre alto y se notaba que era de una clase social alta, se
condolió del Pelele y dejó dinero para tratar sus heridas y alimentación. Aquel
hombre después de hacer su labor samaritana se alejó de la escena y no lo
volvieron a ver. Mas adelante volveremos a saber del nombre de este “bondadoso”
hombre, lo apodaban el “cara de ángel”.
En algunos momentos de mi vida, quizá yo también pude
ser un “cara de ángel”, Entonces podemos interpretar múltiples papeles en el
transcurso de nuestra existencia. Sí, a veces somos actores inconscientes.
Volviendo a la historia del Pelele, este crimen había sido
muy sonado en la ciudad, el muerto era un hombre muy cercano al presidente,
aquel presidente autoritario y sanguinario. Este presidente utilizó la muerte
de su amigo para inculpar a un opositor al régimen. Entonces para que su plan
resulte, tenía que desaparecer al Pelele.
La policía secreta busca incesantemente al Pelele para
matarlo, finalmente logran matar al muchacho, y el final de aquel personaje,
nos deja una reflexión muy profunda:
…El idiota se quejaba quedito y recio como un perro
herido. Un alarido desgarró la noche. Vásquez (de la policía secreta), a quien
el Pelele vio acercarse con la pistola en la mano, lo arrastraba de la pierna
quebrada hacia las gradas que caían a la esquina del Palacio Arzobispal. Rodas
asistía a la escena, sin movimiento, con el resuello espeso, empapado en sudor.
Al primer disparo el Pelele se desplomó por el graderío de piedra. Otro disparo
puso fin a la obra. [ …] Y nadie vio nada, pero en una de las ventanas del
Palacio Arzobispal, los ojos de un santo ayudaban a bien morir al infortunado y
en el momento en que su cuerpo rodaba por las gradas, su mano con esposa de
amatista, le absolvía abriéndole el Reino de Dios.
Este muchacho terminaba su existencia en este plano y
ahora estaba siendo recibido en el reino de Dios.
Para la gente como yo, que cree en Dios y en su filosofía,
anhelamos una vida en su reino. El Pelele lo había logrado. Una vida de
carencias, una vida de dolor físico y emocional en este plano existencial,
terminaba con la muerte. Entonces, siguiendo este razonamiento, la muerte, no debería
ser vista con miedo ni estupor. Aunque el autor no lo menciona directamente, la
muerte podría representar la salvación de nuestros dolores y pesares. Para ser
honesto, yo le tengo miedo a la muerte, sobre todo cuando imagino una muerte
con sufrimiento, miedo a la muerte de un ser querido. A pesar que soy consiente
que todos moriremos, aun no estoy preparado para este acontecimiento. Entonces,
esta historia del Pelele nos enseña que podemos encontrar calma en Dios, las
escrituras mencionan en un pasaje lo siguiente:
Venid a mí todos los que estáis trabajados
y cargados, y yo os haré descansar. Mateo 11:28
No podremos soportar solos las cargas propias de nuestra
existencia, los desafíos laborales, las enfermedades y sobre todo nuestros
temores. Dejemos que Dios lleve nuestros pesares, y para eso necesitamos creer
que El puede hacernos descansar.
En el libro de Apocalipsis 14:13 dice:
Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que
mueren en el Señor… descansarán de sus trabajos…
La vida del joven desnudo lamanita, aquel que caminaba
mientras yo corría, la vida del Pelele, mi vida misma, tienen un parecido. Todos
estamos aquí y enfrentaremos desafíos, y en algún momento enfrentaremos la muerte.
Siguiente reflexión, Mas adelante en la novela,
encontramos que el “bondadoso” Cara de Ángel, es miembro del circulo cercano
del presidente, por lo tanto, sirve a un régimen profundamente cruel, aunque es
capaz de sentir afecto y mostrar cierta conciencia moral, también, ejecuta las
ordenes crueles del presidente, convirtiéndose en cómplice de las atrocidades
del régimen.
¿Es sostenible estar en medio de dos posiciones tan
opuestas? Puede que, en la vida real, actuemos como el Cara de Ángel,
acomodando nuestro comportamiento a nuestra conveniencia, pero eso también representa
un desgaste de energía. No definir una personalidad puede jugar, a la larga, en
nuestra contra.
En el libro del apocalipsis dice:
Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente.
¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni
caliente, te vomitaré de mi boca. Porque tú dices: Yo soy rico, y me he
enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un
desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.
Para concluir, mi reloj marcaba el kilómetro cinco de
mi recorrido, el monumento al cóndor sería parte de una foto en recuerdo de esta
salida temprana de trotar en setiembre. Me sentía saludable y decidido a
escribir sobre esta experiencia. Que el Pelele es un ejemplo del sufrimiento
del ser humano, que en algún sentido todos podemos ser, en algún momento de
nuestra existencia, el pelele para alguien. También podemos tomar el papel del policía
autoritario y ejercer injusto dominio al semejante, pero quizá lo mas
preocupante es que también actuamos como Cara de Ángel, no tomando una posición
firme y nos comportamos según nuestra conveniencia.
Salí a correr para limpiar mi cuerpo del sedentarismo y terminé limpiando, aunque fuera un poco, mi manera de mirar a los demás.










