lunes, 31 de agosto de 2026

LOS PAPELES QUE REPRESENTAMOS


Setiembre es primavera, mes de las de flores y su variedad de colores, hoy el cielo totalmente despejado de un color azul serrano. La ciudad del Cusco está rodeada por cerros que en esta época del año se visten de verde intenso. Salir a trotar en este tiempo es casi una obligación para los que amamos el running. La última vez que salí a trotar fue a mediados de junio, en ese entonces la temperatura era muy baja, sobre todo en las mañanas, me enfermé tanto que tuve que sacar cita con el médico. Ahora es diferente, la temperatura es ideal para salir a trotar así que me preparé con anticipación para empezar el mes saliendo a trotar.

Debía alistar una noche antes todos mis implementos, un gorro, una bandana que me cubre la boca y la nariz. Puse a cargar el reloj que uso cuando salgo a trotar, estaba sin baterías, aquel reloj que mandé a traer de USA, aquel que mide mi velocidad, el ritmo cardiaco, entre otras cosas. Y es que, para mí, salir a trotar es todo un acontecimiento.

Me desperté temprano, hice ejercicios de calentamiento unos minutos y salí con rumbo al monumento del cóndor. Mi ruta es bastante segura y conocida, hay mucha gente que sale a trotar por la berma central de la avenida de la cultura, en los bordes de la vía peatonal están las áreas verdes donde están los árboles acompañando todo el trayecto.

El aire fresco y la música escogida especialmente para estos fines, complementaban este tiempo agradable. Todo parecía igual, aunque había algo que llamó mi atención. Casi siempre en mis recorridos, por la misma berma central por donde corría, veía a un muchacho con evidentes síntomas de trastornos mentales, tendría unos 25 años y mayormente caminaba desnudo. Algunas veces andaba vestido, pero siempre andaba descalzo. En alguna ocasión lo vi con el cabello corto, aparentemente había gente que cuidaba de él. En fin, ese muchacho no parecía peligroso. De hecho, daba la impresión que vivía en su propio mundo, tenía su mirada perdida cuando caminaba. Ojalá este bien aquel joven lamanita (así lo llamaba por su desnudez), espero que el frio intenso de junio no lo haya enfermado. Para ser honesto es la primera vez que me preocupo por él, total, no es la primera persona de esas características que veo. Hace varios meses ya vi a un hombre, también desnudo, pero este si era agresivo, caminaba por en medio de la calle golpeando autos.  

Hace un par de años mientras corría, vi a otro hombre de más o menos sesenta años, él estaba cargando una canasta de panes. Aquel individuo tenía una deformidad en la espalda y en ambos pies. Básicamente se arrastraba y los zapatos estaban fuera de los pies, tenía los pasadores amarrados a los tobillos. Cuando lo vi, quise mostrarme indiferente, pero fue imposible. Me di la vuelta y me acerqué a él, intenté ponerle correctamente los zapatos, pero la deformidad de sus pies no me lo permitía. Le ayudé a cruzar la avenida y cargué la canasta un par de cuadras. Llegamos a un local donde él debía entregar la canasta con los panes.

Estos tres personajes ahora dan vueltas en mi cabeza. Hay tanta desigualdad en el mundo, algunos de estos indigentes no se dan cuenta de sus circunstancias, otros siguen adelante mostrando resiliencia y dándonos ejemplo de vida. Por lo general no siempre soy aquel buen samaritano que esta buscando oportunidades de ayudar, podría decir que la mayoría de las veces soy ciego ante estos hechos, quizá sea porque yo también tengo desafíos y preocupaciones que nublan mi mente en mi andar por las calles.

 Lo que ahora me hace reflexionar es mi última lectura, Miguel Ángel Asturias y su Obra Señor presidente, en esta maravillosa obra, el autor nos presenta al “Pelele”. Este personaje es un indigente con evidentes alteraciones mentales. Así como los ejemplos reales que yo experimenté las veces que salí a trotar, el Pelele vivía en la calle. La mayoría de la gente lo ignoraba, adicionalmente otros indigentes como él, hacían burla y escarnio de su condición.

…Contado por los mendigos, se regó entre la gente del pueblo que el Pelele se enloquecía al oír hablar de su madre. Calles, plazas, atrios y mercados recorría el infeliz en su afán de escapar al populacho que, por aquí, que, por allá, les gritaban a todas horas, como maldición del cielo, la palabra madre.

Cuantas veces, y es una reflexión intima, no solamente somos indolentes ante personas que tienen condiciones semejantes, sino que también colaboramos a que su padecimiento se vea incrementado. Y es que es nuestra naturaleza egocéntrica que hace que no veamos más allá de nosotros. Una vocecilla en mi mente pareciera responder a esta reflexión: “Es que yo también tengo problemas, además algunas veces ayudo”.

La verdad es que en alguna forma y en algunas situaciones, nosotros también somos el “Pelele” frente a otros. Y es que no somos una moneda de oro para caer bien a todo el mundo. Entonces, quizá se burlen de nosotros, puede que nos hieran con comentarios malintencionados. Nosotros, a los ojos de ellos, desperdiciamos nuestra vida, porque no tenemos un trabajo ni la posición económica que ellos tienen, porque académicamente no conseguimos logros representativos. Por todo esto, a sus ojos, nosotros representamos al “idiota”

En la obra de Asturias se menciona un evento trascendental que pondría al Pelele a actuar agresivamente. El causante fue un policía de alto rango que pasaba por la calle donde pernoctaban los indigentes, aquel hombre sabía de las burlas al Pelele y también abusaba de su autoridad.

…El policía se detuvo — la risa le entorchaba la cara —, acercóse al idiota de un puntapié y, en son de broma, le gritó: — ¡Madre!

No dijo más. Arrancado del suelo por el grito, el Pelele se le fue encima y, sin darle tiempo a que hiciera uso de sus armas, le enterró los dedos en los ojos, le hizo pedazos la nariz a dentelladas y le golpeó las partes con las rodillas hasta dejarlo inerte.

Los mendigos cerraron los ojos horrorizados, la lechuza volvió a pasar y el Pelele escapó por las calles en tinieblas enloquecido bajo la acción de espantoso paroxismo.

Cuenta la novela que el Pelele corrió por las calles, escapando de los ruidos y los ladridos de los perros. No estaba asustado por el crimen que había cometido, mas bien escapaba del dolor, de aquellos acosadores. En su huida, cansado y de hambre, parecía que su fin había llegado. Cayó como muerto en una esquina donde la gente acopiaba la basura, en aquel basural esperaba la muerte. Después de algún tiempo un hombre que pasaba por ahí vio el cuerpo del Pelele, parecía cadáver y al cerciorarse que aun respiraba, quiso ayudarlo. Otro hombre que también pasaba por ahí, se percató de la escena y se acercó. Era un hombre alto y se notaba que era de una clase social alta, se condolió del Pelele y dejó dinero para tratar sus heridas y alimentación. Aquel hombre después de hacer su labor samaritana se alejó de la escena y no lo volvieron a ver. Mas adelante volveremos a saber del nombre de este “bondadoso” hombre, lo apodaban el “cara de ángel”.

En algunos momentos de mi vida, quizá yo también pude ser un “cara de ángel”, Entonces podemos interpretar múltiples papeles en el transcurso de nuestra existencia. Sí, a veces somos actores inconscientes.

Volviendo a la historia del Pelele, este crimen había sido muy sonado en la ciudad, el muerto era un hombre muy cercano al presidente, aquel presidente autoritario y sanguinario. Este presidente utilizó la muerte de su amigo para inculpar a un opositor al régimen. Entonces para que su plan resulte, tenía que desaparecer al Pelele.

La policía secreta busca incesantemente al Pelele para matarlo, finalmente logran matar al muchacho, y el final de aquel personaje, nos deja una reflexión muy profunda:

…El idiota se quejaba quedito y recio como un perro herido. Un alarido desgarró la noche. Vásquez (de la policía secreta), a quien el Pelele vio acercarse con la pistola en la mano, lo arrastraba de la pierna quebrada hacia las gradas que caían a la esquina del Palacio Arzobispal. Rodas asistía a la escena, sin movimiento, con el resuello espeso, empapado en sudor. Al primer disparo el Pelele se desplomó por el graderío de piedra. Otro disparo puso fin a la obra. [ …] Y nadie vio nada, pero en una de las ventanas del Palacio Arzobispal, los ojos de un santo ayudaban a bien morir al infortunado y en el momento en que su cuerpo rodaba por las gradas, su mano con esposa de amatista, le absolvía abriéndole el Reino de Dios.



Este muchacho terminaba su existencia en este plano y ahora estaba siendo recibido en el reino de Dios.

Para la gente como yo, que cree en Dios y en su filosofía, anhelamos una vida en su reino. El Pelele lo había logrado. Una vida de carencias, una vida de dolor físico y emocional en este plano existencial, terminaba con la muerte. Entonces, siguiendo este razonamiento, la muerte, no debería ser vista con miedo ni estupor. Aunque el autor no lo menciona directamente, la muerte podría representar la salvación de nuestros dolores y pesares. Para ser honesto, yo le tengo miedo a la muerte, sobre todo cuando imagino una muerte con sufrimiento, miedo a la muerte de un ser querido. A pesar que soy consiente que todos moriremos, aun no estoy preparado para este acontecimiento. Entonces, esta historia del Pelele nos enseña que podemos encontrar calma en Dios, las escrituras mencionan en un pasaje lo siguiente:

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Mateo 11:28

No podremos soportar solos las cargas propias de nuestra existencia, los desafíos laborales, las enfermedades y sobre todo nuestros temores. Dejemos que Dios lleve nuestros pesares, y para eso necesitamos creer que El puede hacernos descansar.

En el libro de Apocalipsis 14:13 dice:

Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor… descansarán de sus trabajos…

La vida del joven desnudo lamanita, aquel que caminaba mientras yo corría, la vida del Pelele, mi vida misma, tienen un parecido. Todos estamos aquí y enfrentaremos desafíos, y en algún momento enfrentaremos la muerte.

Siguiente reflexión, Mas adelante en la novela, encontramos que el “bondadoso” Cara de Ángel, es miembro del circulo cercano del presidente, por lo tanto, sirve a un régimen profundamente cruel, aunque es capaz de sentir afecto y mostrar cierta conciencia moral, también, ejecuta las ordenes crueles del presidente, convirtiéndose en cómplice de las atrocidades del régimen.

¿Es sostenible estar en medio de dos posiciones tan opuestas? Puede que, en la vida real, actuemos como el Cara de Ángel, acomodando nuestro comportamiento a nuestra conveniencia, pero eso también representa un desgaste de energía. No definir una personalidad puede jugar, a la larga, en nuestra contra.

En el libro del apocalipsis dice:

Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.

Para concluir, mi reloj marcaba el kilómetro cinco de mi recorrido, el monumento al cóndor sería parte de una foto en recuerdo de esta salida temprana de trotar en setiembre. Me sentía saludable y decidido a escribir sobre esta experiencia. Que el Pelele es un ejemplo del sufrimiento del ser humano, que en algún sentido todos podemos ser, en algún momento de nuestra existencia, el pelele para alguien. También podemos tomar el papel del policía autoritario y ejercer injusto dominio al semejante, pero quizá lo mas preocupante es que también actuamos como Cara de Ángel, no tomando una posición firme y nos comportamos según nuestra conveniencia.


Salí a correr para limpiar mi cuerpo del sedentarismo y terminé limpiando, aunque fuera un poco, mi manera de mirar a los demás. 

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