martes, 18 de agosto de 2026

NO ABANDONEMOS NUESTRA PROPIA MISERICORDIA



Hace algunos dias me invitaron a  hablar en la reunion sacramental de mi barrio; la única condicion era que tenía que basarme en un discurso de la última conferencia general. Al repasar los discursos no fue facil escoger un tema pues que todos eran importantes para mi. El Elder Matthew S. Holland dió un discurso muy bueno titulado: No abandonen su propia misericordia; en estos momentos de mi vida, este discurso tuvo un gran impacto en mi, asi que decidí escribir sobre este discurso.

Todos estamos familiarizados con la historia de Jonás y como fue tragado por un pez y todo lo demás. Sin embargo, este relato bíblico me hizo ver al profeta Jonás de una manera más humana, mas como nosotros. A pesar de que Jonás fue llamado como profeta de Dios, el actuó como humano, demostrando que no importa la posicion economica o social que tengamos, todos podemos caer, todos pasamos por aflicciones. Y que muchas veces estas caidas, son causadas por nosotros mismos. Recordemos la transgresión de nuestros primeros padres, Adán y Eva, que fueron expulsados del jardín de Edén, originando la caída. Así como ellos y como Jonás, la historia también nos enseña que, así como caemos, también podemos levantarnos. Que es natural el sentimiento de angustia, que es saludable validar nuestros sentimientos de dolor. Pero que no es correcto ni aceptable que nosotros seamos nuestros más duros inquisidores. Que siempre habrá una luz al final del túnel; y que usemos la experiencia de nuestras caídas para nuestro beneficio. Que debamos esperar en la misericordia de Jesucristo, pero también que debamos tener misericordia por nosotros mismos.

El Elder Matthew Holland dijo:

Un testimonio de la Caída no excusa el pecado ni un enfoque descuidado de los deberes de la vida, los cuales siempre requieren diligencia, virtud y responsabilidad. Sin embargo, debería atenuar nuestras frustraciones cuando las cosas simplemente van mal o cuando vemos una falla moral en un familiar, un amigo o un líder. Con demasiada frecuencia, cosas como esas nos hacen centrarnos en la crítica contenciosa o el resentimiento que nos roba nuestra fe, pero un firme testimonio de la Caída puede ayudarnos a ser más como Dios, tal como lo describe Jonás, es decir, “piadoso[s], tardo[s] en enojar[nos] y de gran misericordia” con todos, incluso con nosotros mismos, en nuestro estado inevitablemente imperfecto.

Permítanme resaltar algunos momentos claves de la historia de Jonás y luego hacer un paralelismo en cuanto a nuestras propias vidas.

Primero: Jehová le dio un mandamiento a Jonás, capítulos 1 al 4

Levántate, ve a Nínive, la gran ciudad, y clama contra ella, porque su maldad ha subido delante de mí.

Pero Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope y halló una nave que partía para Tarsis; y pagando su pasaje, entró en ella para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Jehová.

Al igual que al profeta Jonás, Dios nos da mandamientos, nosotros prometimos cumplirlos, pero debido nuestra naturaleza mortal, algunas veces tomamos un camino opuesto al que nos comprometimos con Nuestro Padre Celestial.

Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia mediante la redención que es en Cristo Jesús. (Romanos 3:23)

Entonces, la escritura dice que:

Pero Jehová hizo levantar un gran viento en el mar, y hubo una tempestad tan grande en el mar que se pensó que se partiría la nave.

Y los marineros tuvieron miedo, y cada uno clamaba a su dios; y echaron al mar los enseres que había en la nave, para aligerarla. Pero Jonás había bajado al interior de la nave, y se había acostado y dormía profundamente.

Cuando deliberadamente tomamos un camino diferente al que hacemos con nuestros convenios, entramos en una especie de sueño profundo. Lo malo que este sueño usualmente se convierte en una pesadilla. Lamentablemente, así como los marineros que estaban en el barco, nuestras malas decisiones también afectan a los que nos rodean. Hacemos sufrir a los que más amamos y estamos tan dormidos que no nos percatamos de esto.

Entonces, haciendo un análisis personal de mi vida, cada vez que yo tome malas decisiones, cada vez que deliberadamente cedí a mis pasiones y vanidades, pude sentir ese amargo sentimiento, aquel sueño pesado y oscuro del cual daría todo por despertar.

Y aquí va el primer paso que hizo y debemos imitar.

Y Jonás les respondió: Soy hebreo y temo a Jehová, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra.

En esos momentos difíciles, a veces olvidamos que somos hijos de un Padre Celestial, y que Dios siempre estará dispuesto a ayudarnos, no importa cuántas veces caigamos, Dios nos ama y nos ayudará. En ese sentido debemos recordar quienes somos y cuál es nuestra relación con nuestro creador. Soy miembro de la iglesia de Dios e hice convenios, si, con el creador de todo.

Segundo:

Y le dijeron: ¿Qué haremos contigo para que el mar se nos aquiete? Porque el mar se iba embraveciendo más y más.

Y él les respondió: Tomadme y echadme al mar, y el mar se os aquietará, porque yo sé que por mi causa ha venido esta gran tempestad sobre vosotros.

Jonás reconoció su falta y también estuvo dispuesto en aceptar las consecuencias de sus actos. Lo echaron al mar y la escritura dice que un pez gigante se lo trago.

Como dijo el presidente Hinckley: Tenemos la libertad para tomar nuestras decisiones, pero no olvidemos que también deberemos asumir las consecuencias de nuestros actos.

El clamor de Jonás es el de un buen hombre que atraviesa una crisis de la que es, en gran medida, responsable. Para un santo de los últimos días, cuando una catástrofe es fruto de un hábito, un comentario o una decisión lamentables —a pesar de tantas otras buenas intenciones y de esfuerzos sinceros de rectitud— puede ser especialmente devastador y lo deja sintiéndose abandonado. No obstante, la causa o el grado de desastre que enfrentemos, siempre hay tierra firme para la esperanza, la sanación y la felicidad.

Tercero:

Entonces oró Jonás desde el vientre del pez a Jehová, su Dios,

y dijo: Clamé en mi angustia a Jehová, y él me oyó; desde el seno del Seol clamé, y mi voz oíste.

Me echaste a lo profundo, en medio de los mares, y me rodeó la corriente; todas tus ondas y tus olas pasaron sobre mí.



Particularmente y no estoy orgulloso de mencionarlo, varias veces me he sentido así de miserable como Jonás. Los problemas me agobiaron tanto que me encontré en situaciones donde avergonzado y con mucho dolor, me arrodillaba en oración al Padre suplicando por su consuelo, rogando para que me libere del sufrimiento del que yo mismo había sido el causante.

Las aguas me rodearon hasta el alma; me rodeó el abismo; las algas se enredaron en mi cabeza.

Así como el profeta, tuvo que sufrir las consecuencias de sus decisiones, el relato nos cuenta que por algún tiempo el sufrió y que no esperemos que el dolor pase inmediatamente. En todo ese momento debemos tener la valentía y resiliencia de que todo pasa, que en algún momento estaremos en una mejor situación. Mientras tanto, tenemos que seguir orando y pidiendo por fortaleza, debemos seguir los pasos del arrepentimiento.

Cuando mi alma desfallecía en mí, me acordé de Jehová; y mi oración llegó hasta ti, hasta tu santo templo.

Los que siguen vanidades ilusorias su propia misericordia abandonan.

Pero yo, con voz de alabanza, te ofreceré sacrificios; cumpliré lo que prometí. La salvación pertenece a Jehová.

Y mandó Jehová al pez, y este vomitó a Jonás en tierra.

Para cualquiera que hoy sienta lo que yo sentí entonces —que ha sido desechado, hundiéndose en las aguas más profundas, con algas enredadas en la cabeza y montes oceánicas rompiendo a su alrededor—, mi ruego, inspirado por Jonás, es que no abandonen su propia misericordia. Ustedes tienen acceso inmediato a la ayuda y a la sanación divinas a pesar de sus defectos humanos. Esta asombrosa misericordia viene por medio de Jesucristo. Dado que Él los conoce y los ama de manera perfecta, se la ofrece como si fuera “propia” de ustedes, lo que significa que se adapta perfectamente a ustedes, pues está diseñada para aliviar sus agonías individuales y sanar sus dolores particulares. Así que, por el amor de Dios y el suyo, no le den la espalda y acéptenla.

Para concluir, comencemos por negarnos a escuchar las “vanidades ilusorias” del adversario, que nos tentaran para que pensemos que el alivio se encuentra al alejarnos de nuestras responsabilidades espirituales. En vez de ello, sigamos el ejemplo del contrito Jonás. Clamemos a Dios. Volvámonos hacia el templo. Aferrémonos a los convenios que hicimos. Sírvanos al Señor, a Su Iglesia y al prójimo con sacrificio y acción de gracias.

En el nombre de Jesucristo, Amen.

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