Es el mes de agosto y el clima está medio loco, la gente dice que son las cabañuelas y por eso llueve, por lo general en esta época del año los vientos son mas fuertes y el clima seco hace que aumenten los incendios forestales. Se me ocurrió escribir a Luz, una amiga que conocí en las clases de la universidad. ¿Por dónde andará Luz?... pensé.
Lo último que supe de ella es que estaba trabajando en
Inglaterra. No tengo muchos detalles de lo que hace, lo principal es que labora
para una transnacional que cuida el medio ambiente. Luz respondió a mi mensaje,
me escribió que estaba ocupada y que me llamaría después. Así lo hizo, me comentó que ahora estaba en Brasil, Estado de Acre, trabajando ya varios meses, que no estaba sola ya que en su equipo tenía a varios paisanos. En fin, hablamos
de muchas cosas, sobre todo de una experiencia que ella tuvo hace un par de
años cuando decidió hacer una sesión con Ayahuasca. A pesar que había pasado
tanto tiempo, me contó con lujo de detalles, aquella vez que ella y un amigo (colega
de profesión), decidieron tener esa experiencia en el valle sagrado de los
incas.
Particularmente yo no demuestro interés en ese tipo de
actividades, pero después de leer el Aleph de Borges, de repente ahora yo sentía
la necesidad de saber a profundidad aquella experiencia de Luz y su amigo.
Me contó que se prepararon con días de anticipación, esa preparación incluía el acondicionamiento físico (alimentación), y una buena disposición emocional. Había en aquel lugar una persona, un curandero, también llamado “maicha” o chamán, que les dirigía. Llegaron a una especie campamento de retiro espiritual donde había camas para todos aquellos que estaban participando del ritual. Les dieron a beber de una pócima de un sabor desagradable y luego les pidieron que se recuesten en sus repectivas camas. Mientras tanto, el curandero tocaba un instrumento de viento (quena). De ahí en adelante cada uno experimentaría visiones. El chamán les había advertido que, si todo resultaba como se habia planeado, incluso experimentarian en sus visiones encuentros con sus propios demonios, que los deberían enfrentar, que podrían vencerlos pues la madre tierra, Pachamama, los protegería, siempre y cuando se entreguen y confien en ella.
No es mi intención relatar lo que Luz y su amigo vieron en detalle, lo que si quiero resaltar son algunos puntos
interesantes de aquellos sucesos. Primeramente, tanto para Luz y su amigo,
estas fueron experiencias totalmente opuestas, Luz me comentó que no volvería a
repetir el ritual de ayahuasca por que vivió una mala experiencia tanto física
(vómitos) como emocional. Sin embargo, para el amigo de Luz, la experiencia fue
totalmente opuesta.
Luz, luchaba por tener el control de la situación
mientras estaba en ese estado de inconciencia. Vio muchas cosas enigmáticas
para este mundo, algunos sucesos agradables, aunque también muchos
desagradables. Quizá lo más resaltante en un momento de la visión fue que creyó
ver a una mujer que hablaba con otros seres, y esta mujer le decía a aquella
muchedumbre que dejen a Luz tranquila, que ella no deseaba seguir aquel viaje. Por
otro lado, el amigo de Luz, pasaba una experiencia sobre todo relajante. Este
contraste frente a un mismo evento me animó a compararlo con la fantástica historia
del cuento de Borges. Así es, me pareció atrayente la cantidad de paralelismos
en ambas historias.
En el Aleph de Borges encontramos al personaje
principal que es representado por Borges y a su colega de profesión (escritor),
Carlos Argentino. Entre ambos había una cierta tensión que pudieron manejar, al
parecer celos profesionales. Carlos contaba que había descubierto en el sótano de
su casa el Aleph, que era algo que no se podía describir con palabras pero que
era sobrenatural y maravilloso. Antes de que destruyeran la casa quería que
Borges también conociera y viva esa experiencia.
Aquí viene la primera similitud. Luz fue persuadida por
su amigo a tener la experiencia del Ayahuasca, él ya había tenido experiencia
previa y sentía que Luz disfrutaría, así como el, aquella aventura espiritual.
Volviendo al momento en que Carlos invitó a Borges a
bajar al sótano, él dijo:
Una copita del seudocoñac -ordenó- y te zampuzaras en
el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indispensable. También lo son la
oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de
baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera… a
los pocos minutos ves el Aleph.
Es necesario aclarar que en la obra El Aleph, Borges
nunca afirmó que el Aleph fue fruto de una alucinación causada por el coñac.
Astutamente el autor deja detalles como la bebida alcohólica previa, para que
nosotros, los lectores le demos nuestra propia interpretación. En este caso, yo
deseo darle esa interpretación antojadiza.
Así que, Carlos estaba dándole una especie de curso de
inducción a Borges previos a esta experiencia sobrenatural. Tal y como el
chamán lo hizo con Luz y su amigo.
Carlos deja esta advertencia a Borges:
Claro está que, si no lo ves, tu incapacidad no invalida
mi testimonio.
Borges nos da una descripción detallada de aquel encuentro con el Aleph en el siguiente párrafo:
…Cumplí con sus ridículos requisitos; al fin se fue.
Cerró cautelosamente la trampa; la oscuridad, pese a una hendija que después
distinguí, pudo parecerme total. Súbitamente comprendí mi peligro: me había
dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos
transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para
defender su delirio, para no saber que estaba loco, tenía que matarme. Sentí un
confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un
narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph.
Me parece genial el paralelismo en ambas historias, la
del Aleph, si bien es cierto una historia ficticia ambientada y escrita en 1940,
y la de luz, una historia real desarrollada post pandemia (2024). La preparación
fue necesaria para poder tener el privilegio de ese encuentro místico.
Ya traté de contar un poco el como fue la experiencia de
Luz con la ayahuasca, en el siguiente párrafo va detallada la experiencia de
Borges con el Aleph:
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi
una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la
creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida
por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de
dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de
tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo
claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi
el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en
el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi
interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos
los espejos del planeta y ninguno me reflejó, [...], vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi
convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en
Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo
cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda,
donde antes hubo un árbol, [...] vi la noche y el día contemporáneo,[...], vi
mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre
dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en
una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a
los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, [...], vi las sombras oblicuas de unos
helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas
y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio
persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas
obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino,
[...], vi la reliquia atroz de lo que
deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura
sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph,
desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el
Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí
vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural,
cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el
inconcebible universo. Sentí infinita veneración, infinita lástima.
No hubiera podido escribir o expresar lo que Borges experimentó,
es por eso que lo escribo tal y como esta en el cuento. Que maravillosa
experiencia, solo trato de imaginarme ambos testimonios y mi mente viaja sin
control a lo que ellos pudieron ver y experimentar.
Borges nos cuenta que vio cosas maravillosas, pero también
pudo descubrir otras muy dolorosas, como el que su amada Beatriz había tenido
un romance con Carlos Argentino. Eso también lo vio, y el cuento dice que fue desgarrador para Borges. En síntesis, conocer los misterios del universo, entrar en ese
mundo cósmico, podría significar un suceso en el cual no tenemos el control.
Tanto para Borges como para Luz, aquella fue una
experiencia fantástica aunque tambien dolorosa que quizá no repetirán jamás. Pero para Carlos y el amigo
de Luz se tornó en algo deseable que podrían experimentar varias veces.
Aquí va una reflexión: Conocer los misterios del
universo, entrar en ese mundo cósmico, podría tornarse doloroso e indeseable
porque no escogemos lo que vamos a ver. Ahora, si Luz, su amigo, Borges y Carlos Argentino, pudieron o
creyeron ver el Aleph. ¿Existirá para el resto de nosotros algo llamado Aleph?
Borges, debido a su mala experiencia, determinó que ese era
un Aleph falso, que debía existir uno verdadero, un Aleph que fuera perfecto. Quizá
Luz también este deseosa de intentar nuevamente una experiencia similar,
siempre y cuando no sea tan traumática como con la ayahuasca. Entonces, como
dice Borges en su último párrafo:
¿Existe ese
Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo
he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y
perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.
Concuerdo con Borges en que nuestra mente es porosa
para el olvido, quizá vimos el Aleph y lo olvidamos. Ese encuentro con lo
maravilloso y espectacular a veces pasa en momentos muy cortos y simples. Como
un sueño, un paisaje hermoso, al finalizar un libro y no entender el porqué de
tus lágrimas, cuando te mira tiernamente el amor de tu vida, en el abrazo
tierno que te da tu hijo, etc.


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